Ana está en un concesionario de coches hablando con un vendedor. Quiere comprarse un Mercedes de un precio que ronda los 50.000 euros. Está relajada y tranquila, sabe el modelo que le gusta y tiene dinero para comprarlo. Nada le preocupa, está con ganas de firmar la compra.
Luis está delante del escaparate de una heladería, le atraen varios sabores, pero no sabe cuál elegir: le encantan los pistachos, pero le preocupa que no le guste el sabor; el de fresa siempre ha sido su preferido, pero le gustaría probar algo nuevo; el de coco y plátano ha recibido un premio, pero el coco no termina de gustarle… Lleva más de 10 minutos observando sin decidirse. Tiene preocupación porque no quiere equivocarse y no disfrutar de su helado.
Laura no está a gusto en su relación de pareja. Duda de si terminarla o acudir a terapia. Su mente le lanza pensamientos a favor y en contra en un carrusel continuo como una montaña rusa. Lleva así casi un año. De momento, sigue hacia adelante con la relación porque se siente incapaz de escoger. La tensión es tan grande que está bloqueada.
Elegir conlleva prácticamente siempre la posibilidad de no acertar. Nuestras decisiones tienen consecuencias que serán positivas o negativas. Nuestras decisiones pueden influirnos a nosotros mismos o tener influencia en otras personas. Detrás de cada decisión viene una emoción positiva, neutra o negativa.
La diferencia entre Ana, Luis y Laura no es tanto tener que elegir como la confianza en uno mismo. Confianza en que voy a reflexionar y tomar la mejor opción. Confianza en que me puedo equivocar, pero hay que escoger un camino. Confianza en que si no salen las cosas como quiero, sabré gestionar la negatividad y veré que puedo hacer. Confianza en que en general tomo buenas decisiones. Confianza de que ante un problema siempre me sentiré mejor actuando en una dirección que no haciendo nada.
Lo que se busca al no tomar una decisión, es evitar la negatividad del error, de que algo no salga como quiera, de hacer daño a los demás… Eso es lo que mi mente evita. Es como un tren de pensamientos que incrementa mi tensión mental y corporal y me convence de cosas como da igual, ya lo decidiré mañana, es que no sé que hacer, lo mejor será que no haga nada mientras no lo tenga claro… y finalmente o no tomo ninguna acción o la tomo a toda prisa o lo hago en función de lo que otros me dicen.
Resultado: baja la confianza que tengo conmigo mismo porque yo sé que tenía que haber dado el paso que yo quería y mucho antes de lo que he hecho. Estoy enfadado conmigo porque no he actuado como yo quería. Por tanto, ahora tengo dos problemas. El suceso inicial y la desconfianza hacia mí mismo.
Lógicamente no siempre se sigue la anterior lógica. En ocasiones, hace falta mucha información, hay otras personas implicadas en la elección de la opción ante una decisión común, no hay prisa por decidir algo, hay que hacer otras cosas antes de escoger, hay que esperar tiempo para poder actuar en un sentido u otro …
La clave es lo que yo creo que es adecuado. Mi mente está tranquila si realmente no hay prisa por actuar. Si Luis está de charla con unos amigos comiendo y aun falta para el postre, no tiene prisa por decidir sobre el helado, puede estar tranquilo antes la decisión. Su mente está tranquila porque no hay nada malo en no decidirme ya mismo.
La cuestión clave es cuando mi mente reflexiona y me está diciendo que necesitamos tomar ya una decisión o será peor y no la tomo. Ahí es cuando yo empiezo a sentirme mal conmigo mismo porque no actuado en función de lo que yo mismo sé adecuado.
Si Laura ya tiene claro que no quiere hacer terapia, que no tiene ganas ni fuerza para luchar por la relación, que está deseando que acabe, pero no lo hace es en parte para evitar todo lo que conlleva una ruptura. Y este no hacer merma su autoestima e incrementa su desconfianza.
No siempre tenemos toda la información, no siempre controlamos todas las variables. Estos aspectos no nos gustan, porque facilita la posibilidad de no tener los resultados deseados. Y, a veces, aun teniendo toda la información, puede ocurrir algo no esperado ni previsto ni controlado. Aceptar esa posibilidad y aceptar que en general siempre es mejor decidirse que no hacerlo, ayuda a dar el paso de reflexionar y actuar.
La persona puede empezar a sobrepensar:
¿Y si sale mal?
¿Y si había otra opción mejor?
¿Y si luego me arrepiento?
Esta opción es buena, pero la otra es mejor.
Empieza a haber un ruido en la mente que dificulta el reflexionar de manera positiva y adecuada. Estos pensamientos, este “pensar” deja de ayudar y agota hasta bloquearnos. Tenemos miedo de equivocarnos. A más análisis, más sobrepensar, más tensión… y llega el bloqueo.
Tanto ajetreo mental nos lleva a la idea de que es mejor no hacer nada que hacer lo que pensamos que es adecuado. Se pospone la decisión, se vuelve a analizar todo, se piden más opiniones, se vuelve a comentar con las personas la problemática, buscamos más información… para no actuar. Es una lógica ilógica, es decir, parece que ese proceso tiene sentido, pero no lo tiene porque el objetivo no es seguir reflexionando para acertar lo máximo posible, lo que busco es excusas para no dar el paso que ya tenemos claro.
Una persona con baja autoestima suele pensar:
“Seguro que me equivoco.”
“Los demás deciden mejor que yo.”
“No confío en mi criterio.”
“Seguro que va a salir fatal”.
Cada elección parece un paso que no puedo dar porque va a ir a peor. Cuando pienso seguro que me equivoco, incremento mi inseguridad y la próxima vez aún habrá más tensión. Cuando me doy cuenta que no soy capaz de tomar decisiones, incluso fáciles, incremento mi inseguridad y si hago lo que los otros me dicen, además de esto, me enfado conmigo mismo, me voy haciendo como más pequeño. Si no confío en mí, parece más adecuado no tomar decisiones. Pero no tomar decisiones incrementa mi inseguridad y tenemos un circulo vicioso que va minando mi autoestima.
Cuando tengo una autoestima adecuada tengo pensamientos del tipo:
“Puedo equivocarme, pero voy a intentar acertar con la elección.”
“Los demás me aportan su visión, la voy a tener en cuenta pero la decisión final tiene que basarse en mi propia reflexión.”
“Yo confío en mi criterio a la hora de enfrentarme a situaciones. Y mi criterio me dice que voy a tener en cuenta la opinión de los demás. Incluso en temas en los que otros están más preparados que yo voy a seguir su criterio.”
Esto me lleva a tener seguridad en mí porque gestiono bien las situaciones. Por tanto, confío en mí y esto me ayuda a no temer tomar decisiones y no temer equivocarme. Entramos en un circulo vicioso pero adecuado: reflexiono y confío en mí, tomo decisiones y aumenta mi seguridad, las pongo en marcha y me siento bien conmigo mismo. Cuando reflexiono en general las decisiones son adecuadas y por tanto aumenta mi confianza que facilita que repita el proceso anterior.
Una parte de la mente humana, la llamada por algunos “irracional o emocional” no quiere sufrir, se esfuerza en evitar el sufrimiento presente, el de ahora mismo, aunque en el futuro haya una negatividad mayor. No hace caso a esas consecuencias de mañana. Y eso es lo que necesitamos tener en cuenta, que no tomar una decisión, me “alivia” ahora, pero va a incrementar mi inseguridad y mi sufrimiento a la hora de situaciones similares futuras. Estoy huyendo al no actuar hoy y esto incrementa el problema, no lo reduce.
Con el tiempo he automatizado una forma de responder: bloquearme ante determinadas decisiones. Si no hago nada para cambiarla, ese mecanismo seguirá apareciendo una y otra vez. Mi trabajo conmigo es enseñarle otra forma de gestionar esas situaciones:
1. Como sé que parte de mis pensamientos son irracionales y estos pueden ver peligros donde no hay o exagerar la negatividad, puedo cuestionarlos con ayuda de la reflexión que busca razones, pruebas y hechos para ver la situación de la manera más real y objetiva posible. Cuando realizo este ejercicio de reflexión, veo con más claridad que conductas positivas me van a ayudar.
2. Como sé que mi mente a veces me miente, acepto esta realidad, pero me centro en llevar a cabo aquellas conductas que yo sé que son buenas y adecuadas para mí, aunque mi mente diga otra cosa.
Para romper este patrón, te va a ayudar tener en cuenta las siguientes ideas:
Tomar una decisión y llevarla a cabo es la mejor opción.
No siempre existe una certeza absoluta, y aun así hay que tomar decisiones. No sabemos todo de todo, ni tenemos toda la información,
Nuestro estado de ánimo influye en cómo interpretamos las situaciones y valoramos los riesgos.
El ser humano no es perfecto. Todos nos equivocamos. Tengo que aceptar esa posibilidad como parte de la normalidad de ser persona. Es mejor equivocarme que no moverme.
Hay temas que nos apetecen más y menos, es importante empezar con los que menos nos apetecen.
Hay cuestiones pequeñas, medias y complejas, tengo que intentar centrar mi energía en las complejas y tomar una decisión lo más rápida posible en las otras con la idea de que a menor importancia, menores consecuencias, menos me tengo que preocupar.
Es necesario limitar el tiempo que dedico a un tema. En el momento que me he informado y solicitado opiniones a los demás, toca el proceso de reflexión, búsqueda de opciones y elección de la que considere más apropiada para ponerla en marcha. Este proceso puedo hacerlo una sola vez, no necesito repetirlo porque me lleva a sobrepensar y agotarme.
Puedes explicar la diferencia:
Prudencia Bloqueo por ansiedad
Analiza durante un tiempo razonable Analiza una y otra vez sin llegar a decidir aun teniéndolo claro
La información y las opiniones de otros Se busca demasiada información y
ayudan a la elección opiniones o se buscan en exceso y genera más dudas
Acepta cierto riesgo Necesita una seguridad total que resulta
imposible
Finalmente se elige la mejor opción Retrasa continuamente la decisión
y se pone en marcha
Muchas personas creen que son muy indecisos, que les cuesta tomar decisiones, que tienen un problema para decidir o que les cuesta analizar bien las cosas. En realidad, lo que tienen es un problema para aceptar la posibilidad de equivocarse, de aceptar esa posibilidad y de aceptar que cuando una persona se equivoca lo pasa mal. Lo que mi mente rechaza y por eso se bloquea no es tanto la posibilidad del error, sino la emoción negativa, el sufrimiento que conlleva el haberme equivocado.
Cuando yo asumo que no puedo evitar equivocarme a pesar de haber realizado un buen proceso de reflexión, pero si puedo evitar equivocarme al no escoger una opción que sé que tengo que tomar, es cuando mi mente entiende que para sufrir menos tengo que tomar una decisión y tomarla lo antes posible una vez mi reflexión ya ha concluido qué tengo que hacer.
Tomar decisiones es un proceso habitual y normal de la vida de cualquier persona. Si estás cansado de darle demasiadas vueltas a todas o algunas de tus decisiones, si sientes que tu mente sobrepiensa en exceso con dudas, preocupación o miedo, podemos trabajar juntos para aprender a gestionar el proceso de tomar decisiones y de sobrepensar de una manera más adecuada y positiva. Trabajar estas dificultades te ayudará a recuperar la confianza en tu propio criterio. Como psicólogo en Elche, te ofrezco un espacio seguro (tanto presencial como en modalidad online) para aprender qué es lo que te ocurre y aprender como ponerle solución.